Seguro que nadie se sorprende por el título de esta entrada. Efectivamente, cada minuto en nuestras vidas cuenta. La vida es demasiado corta para desperdiciarla en asuntos irrelevantes, pero lo suficientemente larga como para disfrutar de los que valoremos como interesantes.

Está claro que cada uno tendrá sus valores en la vida, y lo que para unos será algo fundamental en lo que ocupar su tiempo, para otros será algo secundario, y totalmente evitable.
Si sois tan tiquismiquis como yo (muchísimo), aquello que os haga perder el tiempo (entendamos como perder el tiempo el desarrollar aquella actividad que está en niveles inferiores en nuestra escala de valores) os pondrá de los nervios, incluso violentos.
Tampoco descubro nada nuevo si digo que precisamente esas actividades ‘segundonas’, son las que reducen nuestra productividad. A fin de cuentas todo está relacionado intrínsecamente. Ser productivo no es, ni más ni menos, que realizar algo con lo que nos sentamos plenos y satisfechos con nosotros mismos. Si tu trabajo te gusta, realizar alguna acción dentro de un proyecto, además de hacer avanzar el proyecto, te aportará un plus de satisfacción personal. Si no te gusta, no importa, a fin de cuentas estás haciendo algo con lo que obtener beneficios -económicos o de otro tipo-, que derivarán en cualquier tipo de acciones que sí serán placenteras: viajes en familia, etc.
¿Qué es perder el tiempo para mí? Pues por ejemplo, quedarte atrapado sólo en un atasco -con compañía cambia totalmente-, dormir más de la cuenta -aunque no dormir lo suficiente fulmina a cualquiera-, etc. Entre las últimas cosas que me resultan irremediablemente molestas, una de ellas es gastar 7-8 minutos en encender el ordenador y arrancar las aplicaciones necesarias cuando llego a la oficina por las mañanas. Es una tontería, lo sé, porque casi ni se gasta tiempo, pero me resulta un tiempo inútil.
Por contra, cuando llego y el PC está ya encendido, eso me permite ir directamente al grano de lo que voy a hacer, sin distraerme con otras cuestiones. Mi mente empieza el día mucho más preparada para lo que se me avecina. El punto negro de todo esto es que dejar un ordenador encendido desde las 15 de la tarde hasta las 8 de la mañana del día siguiente constituye un gasto de energía considerable. Por ello, le tenía que buscar una solución.
La solución consiste en programar en uno de los servidores de desarrollo una tarea que me enciende el ordenador automáticamente 10 minutos antes de pisar la oficina -sobre las 7:50- mediante wake-on-lan. Guardando una sesión en mi entorno Gnome con las aplicaciones que me gusta tener al inicio resuelvo la cuestión de los programas que deberían estar on cuando me siento delante de la pantalla. Sencillo, limpio y elegante, además de ecológico.
Para los profanos, diré que sí, que puedes encender un ordenador remotamente, siempre que esté conectado por cable de red y el hardware del equipo lo permita, lanzando un simple comando desde otro equipo en la misma red.
Finalmente querría añadir una frase que leí hace poco tiempo, aunque para ser sinceros, ni recuerdo dónde la leí, ni recuerdo la frase exacta, pero la idea más o menos es esta:
No te entretengas. Si piensas que aún te queda tiempo, seguramente ya sea demasiado tarde.
Escuchando: Diez años después (Los Rodríguez)











