Mientras llueve a cántaros (bendita lluvia), presento la primera entrada del blog. Espero que esto se vaya llenando de cosas curiosas. De momento empiezo escribiendo yo, pero me gustaría que mis amigos se fueran incorporando y añadiendo ideas, para hacer de este sitio algo plural y mejor.
El pasado sábado salimos un rato a dar una vuelta por Triana, y, como suele pasar, las noches sin planificar son al final las que mejor salen. Comenzamos con una mini-cenita en un local que tenía bastante encanto, pero que ha ido perdiendo con el tiempo. En origen, posiblemente era una especie de nave industrial, en lo que hace años eran las afueras de Sevilla, en la calle Constancia, aunque hoy en día es un bar de tapas, con dos plantas, siendo la segunda una especie de terraza sobre la primera. Bastante bonito, la verdad. La Carrucha se llama.
El problema vino a la hora de pedir. Lo único que puedo decir es que nos pusieron un par de churrascos de pollo medio crudos y lo que véis en estas fotos:


Sin palabras.
Lo que es evidente es que tardaremos una buena temporada en volver a este sitio.
Después del chasco, nuestros ávidos estómagos buscaban algo más que echarnos a la boca. Pensando pensando, a Mila se le ocurrió que podíamos ir a una tetería cerca de Pages del Corro (no tengo ni idea de la calle) que ya conocía. Perfecto, se puede tomar algo, el té es digestivo y a lo mejor tienen pastitas…
Cogimos nuestros abrigos y rumbo a la tetería que nos pusimos. Hace un tiempo que todo lo intercultural, mezclas étnicas y demás parafernalias producto de la ‘globalización’ están de moda, y Sevilla no iba a ser menos. No diría que son una plaga, pero en poco tiempo las teterías se han multiplicado por toda la ciudad. En la misma zona a donde fuimos, yo soy capaz de contar hasta 4, sin separarnos más de 100 metros. Si bien es cierto que ‘Triana is different’ y el ambientillo que se respira por sus callejuelas a andaluz añejo es un marco muy difícil de superar para colocar un local de este tipo.
Pues tras un breve paseíto, llegamos a la puerta. Sobre el marco un cartelito con el nombre: ‘Salam’. Parece sugerente. El aspecto más bien ruinoso. Parece una casa antigua reformada y acomodada para la ocasión. Una doble puerta nos guarda la entrada. Desde fuera no se oye demasiada música, así que seguramente se trate de un lugar tranquilo.
Finalmente, entramos y la sorpresa nos esperaba dentro. El local es muy acogedor: luz tenue, música ambiental, sillas y mesitas bajas y blanditas. Además, conseguimos sentarnos en un apartado que hay nada más entrar a mano izquierda, como una habitación separada que estaba genial. Aparece el camarero para tomar nota (todos eran de origen musulman) y de reojo vemos sobre la mesa que hay otra carta con la estrella del local: la cachimba.

Prácticamente en todas las mesas se estaban fumando una, y nosotros no íbamos a ser menos. Después de unos minutos de discusión y votación decidimos finalmente que el sabor elegido era fresa.
La verdad es que es algo sorprendente cómo un artilugio de este tipo pueda generar todo lo que genera. El sabor es una mezcla entre algodón dulce y tabaco muy suave, pero el humo ni mancha ni huele ni molesta.
Es un objeto bastante exótico y bonito. Según he podido encontrar la cachimba tiene distintos nombres. Pipa de agua, narghile, o shisha son algunos de ellos, según la zona en que nos encontremos. Parece ser que tienen su origen en lo que hoy son India y Pakistán y comenzaron a fabricarse con coco. Más tarde se importaron a Persia y allí se fueron transformando y refinando.
Antes del descubrimiento de América se utilizaban para fumar opio o hachís. Después, para poder seguir fumando, la gente se pasó al tabaco como principal alternativa a los efectos ‘perjudiciales’ de las drogas duras. Al principio sólo y más adelante mezclado con distintos sabores, como regaliz, miel, fresa, plátano, etc.
La shisha ha calado muy hondo en la sociedad musulmana en general, y en el resto del planeta. La función social es muy amplia, aunque fundamentalmente son un instrumento para establecer lazos de amistad, como complemento a una conversación interesante o en reuniones familiares.
El funcionamiento es muy peculiar, y es lo que las hace tan particulares. La cachimba tiene cuatro partes principales:
- La base, que está normalmente llena de agua
- La cazoleta, en la parte superior y donde se pone el tabaco, en forma de pastilla
- Un tubo metálico, por el que se conectan base y cazoleta
- Y una manguera, que es por donde se fuma, propiamente.
Cuando se aspira por la manguera, la diferencia de presión produce que el aire pase a través de la cazoleta, sobre la que se coloca la pastilla de tabaco y que se aviva con el mismo aire, y vaya a parar a la base, donde entra en contacto con el agua, filtrándose y limpiándose de impurezas. El tabaco no llega a quemarse, sino que sólo se calienta, produciendo el humo característico de las fumadas, que suelen durar sobre una hora.
Fumar shisha es algo muy suave, que no se parece en nada a fumarse un pitillo.
Podéis encontrar más información en www.clubshisha.net
Seguro que repetiremos, porque la noche resultó muy agradable.
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