
Si hay un día por encima de todos los de la semana que odio especialmente, ese es el domingo. Me suelo levantar cansado físicamente, da igual la hora a la que me acueste. Por las noches, me cuesta trabajo quedarme dormido, por lo que el lunes voy arrastrando un poco del día anterior.
Pero, sin duda, lo peor es que mi mente se viene abajo. Me siento triste, abatido, perdido, desmotivado y afloran en mí todos mis miedos, dudas existenciales y más cuestion desgarradoras.
A pesar de todo, tienen su lado positivo, y es que todo ello me hace no perder contacto con la realidad, me ayudan a no mirar para otro lado en asuntos que puedan afectarme en lo emocional y, llevado de una forma más o menos adecuada, puede ser un punto de retiro íntimo.
No obstante, no puedo dejar de odiarlos….
¿Y si no existieran los domingos?
Menuda contradicción.